22 diciembre, 2006

Por la puerta detrás

Fue en la semana en la cual cayó la última barricada de Oaxaca. Cuando, después de seis meses de viva resistencia, la fuerza bruta desalojó la gente de las calles. El pueblo, soberano, que decidió luchar por la dignidad de su ciudad, su estado, su país.
Fue en esa misma semana en que los resistentes de Oaxaca entregaran la radio universitaria, después de caer la última barricada. ¿Derrota? ¡No! Apenas una vuelta táctica.
Hasta parece que los gobernantes del México no conocen el pueblo del México. Ese pueblo aguerrido que nunca se ha dejado vencer. Que siempre resistió a los golpes más duros, a las dictaduras más violentas. Una gente que hizo acontecer la revolución más increíble del inicio del siglo XX, que garantizó una constitución libertaria y socialista.
Los que cabalgaran con Zapata, con Villa, los anónimos guerreros y guerreras de una nueva aurora, nunca se fueran. Ellos están por ahí en los levantes zapatistas, en las calles de Tijuana, en Chihuahua, en la ciudad del México, en San Salvador de Atenco, en Oaxaca. Ellos renacen a cada unos que tumba, a cada unos que es apresado o desaparecido. Ellos reviven en cada conflicto, a cada bomba, cada bala y hacen valer su voz. La derrota es siempre aparente. Porque ellos nunca se han ido, ni cuando mueren.
No ha sido por acaso que el presidente, fruto de una fraude, tuvo de se escabullir por las calles y entrar en el palacio en el medio de la noche para tomar pose. No ha sido sin razón que el mismo usurpador ha necesitado entrar por la puerta de los fondos en la ceremonia de pose del Congreso. Momento ridículo, espejo de la villanía. Rápido como quién roba fue su discurso, con un Fox avergonzado, ensayando una risa amarilla. Cena torpe, del tiempo de las republiquitas, indigna del siglo XXI.
El pueblo de México, tan digno, tan fuerte, no va dejar eso así, de barato. Por muchas veces ya fue usurpado en el poder. Felipe, el breve, puede hasta gobernar. Pero va cargar con ello el peso de la deshonra. Va vivenciar a cada día, la obscura noche en que, como un ladrón, se escabulló en la noche, lleno de miedo de sus gobernados. Ya bien explicó Enrique Dussel que un gobernante no es la sede del poder. El poder reside en el pueblo y más día, menos día, va ejercerlo. No como dominación, como es común a los tiranos de plantón, pero como poder obediencial, tal cual insisten los zapatistas. Mandar obedeciendo. Voluntad popular.
Hoy el México es un país dividido. Paira un clima de tensión, una especie de pre-clímax. La era Fox se acaba y un tumultuoso futuro se presenta. Las escenas de violencia en Atenco u Oaxaca fueran protagonizadas por el poder central como un aviso, para que el pueblo se aquietase. Para que no se envolviese en las cosas que los hombres del gobierno piensan para el país. Para que no se atreviese más a decir su palabra. ¡Pero qué!... Por las estradas del México profundo sopla un viento cómplice. Un espectro revolucionario cabalga. Zapata. Villa. Antonio. Blanca. José. Juana... Ah, esos fantasmas...
Y, en cuanto Felipe Calderón se encásatela en el palacio, por las calles van asomando los vivos...
Y serán dignos de cada mexicano que ya ha dado su vida por la patria.

Por Elaine Tavares – periodista en el OLA
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